Opinión - 30 septiembre, 2018

El mundo evangélico y la libertad de expresión como justificación de los discursos de odio

por Leonardo Jofré

La libertad de expresión no es sólo un derecho humano, es también un elemento central dentro de la vida cotidiana: es la posibilidad de plantearnos frente al mundo tales como somos. Dice relación con el derecho a la libertad, ya sea en un sentido positivo -poder autodeterminarnos-, como en un sentido negativo -que no haya interferencia, es decir intromisión a nuestra propia voluntad-.

La censura mediada por el temor a la libertad de los y las oprimidos ha sido también una causa de lucha de muchos grupos sociales. El mismo pueblo evangélico luchó por su libertad: fueron reprimidos por un Estado católico al no reconocerse su culto, viéndose amenazada aquella iglesia. Así, no sólo no se les permitía profesar su fe de forma pública, sino que se atentó contra su misma dignidad, prohibiéndoles, por ejemplo, enterrar a sus muertos en el Cementerio General.

El pueblo evangélico abrazó y profesó la libertad de culto desde una matriz laica. Y fue una decisión correcta. La Ley de Culto permitió que hoy sostengan la libertad de poder vivir su espiritualidad en sus propias comunidades de fe.

Pero prontamente ello cambió: hoy, esa misma libertad que otrora se planteara, se utiliza para denostar a minorías sexuales, mujeres y población trans. Se aboga por una democracia con tintes de teocracia, donde lejos de tener la posibilidad de debatir desde el plano de la dignidad del otro, se le anula a la contraparte sólo por su sexo, orientación sexual o identidad de género. La libertad -y la libertad de expresión- que les permitió a ellos existir, hoy se usa para fomentar el odio a pretexto del mensaje de Dios.



Pero estos discursos amparados en la libertad de expresión ignoran que éste tiene sus límites: la dignidad humana, desde el sentido común y el Derecho. Así, a Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César: independiente de la religión que profesemos o no, existe un ideal de justicia bajo el cual no se puede permitir que, a pretexto de la libertad que usó la misma religión que antes fue perseguida en Chile, se infunda discursos que cimientan -directamente e indirectamente, como relato social- las bases la violencia psicológica y las agresiones físicas a una población con las mayores tasas de depresión y suicidios en Chile y el mundo, como ha sido fomentado por gran parte de la iglesia, principalmente la evangélica. Se llama, desde el Derecho, ponderación de derechos fundamentales. El creer que tenemos el “derecho” de expresar lo que queramos es, precisamente, el vicio que sostienen la mayoría de quienes se oponen a la falsa “ideología de género”: el límite del tolerar se encuentra en el respeto al otro, en su integridad física y psicológica. De dicha forma, que no quepa ninguna duda que aquellas expresiones son violencia institucionalizada que debe combatirse por los propios valores -incluso liberales- de libertad e igualdad en la convivencia humana.

Homosexualidad: el gran conflicto.

Una expresión popular dentro del contexto evangélico dice relación con que “Dios ama al pecador pero aborrece el pecado”. De sostener la posición de que la homosexualidad es pecado, se intenta -así- otorgar un discurso esperanzador: Dios no te aborrece, pero sí tu práctica sexual, la cual puedes cambiar. El problema de dicha expresión es la naturalización de la agresión hacia la persona homosexual. Se sostiene -desde lo amplio- que la homosexualidad es una elección; se sostiene -desde lo mínimo- que la homosexualidad es igual a cualquier pecado. El problema es que no sólo no hay estudios concluyentes acerca de que la homosexualidad “se decida” (por el contrario, la mayoría de los estudios aborda el que sería de nacimiento, o que, al momento de conformarse la identidad sexual del individuo, ésta ya no sería “regresiva”), sino que el ámbito global de la sexualidad es un entramado de hechos complejos que harían incluso insostenible la concepción de la heterosexualidad como algo también innato al individuo. Si no es una decisión, ¿cómo “dejar de ser pecador”? La posición sería, entonces, que si no se puede decidir, no debe practicarse. Esa posición ignora que la homosexualidad no es una práctica, es un ámbito de la esencia del individuo, en el cual confluye su amor y su deseo, la posible conformación de familia y su vida en sociedad. Es decir, no es un ámbito desprendible del mismo ser. No es como aquellos pecados basados en la posibilidad de parar un acto: no es dejar de mentir, comer en exceso o robar. Es dejar de ser. Por ende, no es que Dios ame al pecador y aborrezca al pecado, pues en el caso que ejemplifican, al odiar la homosexualidad, estaría odiando al mismo ser.

Lo anterior busca sólo un atisbo de empatía con respecto a lo que se proyecta desde mayorías cristianas. Existe discusión bíblica. Pero, más allá, discursos que chocan con la realidad: la homosexualidad está presente en todo el reino animal, mientras que -desde el ser humano- el creador de las “terapias curativas” (tan usadas en la argumentación cristiana) terminó pidiendo perdón al reconocer la ineficacia de ellas, y el inmenso daño -incluso suicidios- que produjo. Increíblemente, ellas aún se siguen realizando, sobre todo bajo el alero de discursos e instituciones cristianas.

Ahora bien, la homosexualidad es referida en breves pasajes bíblicos. Cabe destacar que no existe ningún pasaje en aquellos evangelios que versan sobre la palabra de Jesús, es decir, no existe ninguna referencia del mismo contra la homosexualidad. Es más, se ha estimado que la cura que realiza Jesús a un siervo agonizante de un centurión, habría sido a éste en tanto pareja homosexual del militar (Lucas 7:1-10 (RVA 2015)). Por otro lado, las referencias que se sostienen son ampliamente debatibles (fundamentalmente se encontrarán ellas en Levítico 18:22 y Levítico 20:13, en las epístolas de Pablo de Tarso en Romanos 1:26-27 y Corintios 6:9-10, y Génesis 19:1-11), al estar categorizadas en términos históricos bajo la proscripción de la idolatría, o al abuso sexual recurrente que implicaba la posición de dominación de un varón a otro en el Imperio Romano. Quienes han tomado de forma literal tales pasajes, se enfrentan a -por ejemplo- Levítico, donde se señala que la relación homosexual debe ser castigada con el asesinato a sus realizadores, realzando un Dios castigador y violento. O a Pablo de Tarso, pues en sus cartas a Corintios señalaría (porque según el tipo de Bibilia, ello cambia) que homosexuales, borrachos, afeminados, fornicarios, idólatras y avaros, entre otros, no heredarán el Reino de Dios, enfatizando hoy -por cierto- la persecución sólo contra gays y -¡pero qué lógica tiene!- afeminados. Punto aparte, la increíble persecución que se da contra la población homosexual, enfatizando incluso Pablo a otros en “el mismo nivel” que los supuestos pecadores por ser homosexuales.



Así, no existe un debate cerrado al respecto, pues la Biblia es contextual y responde a las implicancias de su propia época. Si se insiste en tomar literal, tal como señala Pablo de Tarso, todo cristiano debería estar en contra de que existan mujeres que enseñen y no se sometan al hombre, pues así se señala en la Biblia (1 Timoteo 2:11-12 (RVA 2015): “La mujer aprenda con tranquilidad, con toda sujeción; porque no permito a una mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre sino estar con tranquilidad”). Entonces, existe una discusión que hoy debe abrirse: cómo ha proliferado en las iglesias una posición de militancia de lo correcto en lo moral que ha privilegiado los asuntos sexuales por sobre la necesidad de justicia social.

El Dios del temor y la agenda conservadora.

Es difícil desde una posición atea comprender las posiciones derivadas desde un origen bíblico, mas ello no implica no hacer el ejercicio, incluso desde su atractivo fenomenológico. Si uno da una lectura al evangelio de Jesús, no es difícil encontrar en él un mensaje liberador: habla por las minorías oprimidas de su época, resalta la igualdad y refuta a quienes dominan y explotan. Incluso en la destrucción de Sodoma, que es utilizada generalmente como aseveración del odio de Dios a la práctica homosexual, se omite el mismo evangelio: soberbia, saciedad de pan y no dar la mano al pobre y necesitado fueron razones por las cuales se habría destruido la misma ciudad (Ezequiel 16:49 (RVA 2015)). Ello se ignora para emplear la expresión –fruto de la interpretación histórica- que ha tenido el término sodomita, i.e. el hombre que sostiene relaciones sexuales con otro de su mismo sexo, para así ignorar a aquél como quien califica bajo los pecados relatados en Ezequiel.

Probablemente, de seguir dicha línea, ese Jesús hoy sería rechazado por quienes han transformado la palabra bíblica en un discurso legitimador de la derecha conservadora, un discurso aislado de la “cosa pública”, reduciendo los problemas del Estado a un problema de coacción donde debe imponerse una moral conservadora y represiva a pretexto de un discurso bíblico. Tenemos, en términos latos, un significado y un significante: lo que implica Dios es, a ojos de aquellas mayorías cristianas militantes de su conservadurismo, y de otra gran mayoría de ateos que crecimos escuchando dichas reflexiones, temor y violencia, imposición de jerarquías éticas y frustración del libre albedrío. En eso se ha transformado la palabra, en sinónimo de temor real -y no figurado/bíblico- a Dios. Amenaza de infiernos y calamidades. Infundir la posición de destrucción de nuestro país y continente de carácter permanente y situado, no obstante -frente a cada reiterada amenaza- no suceda nada, situando -a ojos de muchos- en ridículo la posición del pueblo evangélico, cuando dichas aseveraciones son de pastores, los cuales difícilmente pueden arrogarse (aunque lo hacen) ser representantes del mundo cristiano. Se pierde, así, el contenido del mismo evangelio que define -vamos a lo gramatical- al pueblo evangélico.

Pueblo oprimido e iglesias al servicio del capital.

Poco importó que Jesús, quien fuera llamado a buscar la salvación y no el castigo de la humanidad, situara políticamente a una clase: los oprimidos y oprimidas. Hablemos desde el reconocimiento: se constituyó al inmigrante (o extranjero), al viudo, al huérfano, al sediento de hambre como al necesitado de justicia. A todos ellos habló y lo constituyó como grupo. A cobradores de impuestos, a quienes se decían representar a Dios, a los maestros de la ley, a quienes no aplicaban la justicia: a todos criticó y apuntó por sus injusticias. Sin embargo hoy, acentuando una lucha de carácter divino entre lo que Dios querría o no para nuestras camas, esa necesidad de disputar política o discursivamente un Estado (y no a partir de la reflexión o teología política) sólo se ha transformado en cultivo de personalidades, legitimación del autoritarismo de las iglesias ya hecha institución y no comunidad, y, por supuesto, de una derecha política que ha encontrado en la obcecación de aquéllas un nicho electoral relevante, acercando posiciones y extendiendo puentes, maximizando aquel discurso alejado de la realidad social, servil y cómodo para la clase dominante. Políticas anti-migración, pensiones miserables (sistema de AFP), desigualdades de género (negación a proyectos pro derechos de la mujer), y cientos de casos de financiamiento irregulares de empresas a políticos, corrupción, uso de información privilegiada y cohecho es el triste historial de la derecha, la misma que defiende -por acción u omisión- los cristianos, más aún las iglesias evangélicas. ¿Y de los sujetos a los que habló Jesús, qué? ¿Y el evangelio, la solo palabra, dónde?

Foto de END

Poco, salvo notables excepciones, se habla hoy de aquella lucha contra la avaricia, la usura, la desigualdad y la riqueza acumulada, tan central en el mensaje bíblico. La organización cristiana se ha guiado en su mayoría por convocar manifestaciones contra el aborto, el matrimonio homosexual y los proyectos sobre identidad de género, haciendo caso omiso a las perniciosas consecuencias que se han desarrollado para la clase trabajadora de la mano del sistema capitalista.  Así, lo peligroso no es la teoría o los estudios de género, es creer en aquello que han tergiversado y llamado “ideología de género”, sembrando discursos de odio y exclusión en los más necesitados, utilizando la moral cristiana a conveniencia personal y política de unos pocos,  ignorando el conflicto de clase subyacente en la realidad social del pueblo chileno (uno de los más desiguales del mundo), siendo funcional al empresariado nacional y transnacional al no cuestionar el statu quo de la economía, despolitizándola.



Para quienes nos reconocemos ateos, todo lo citado resulta un mundo sin duda complejo e incluso violento. Nos sería más fácil, desde nuestra misma militancia en el no reconocimiento a un Dios, rechazar de plano todo e incluso ignorarlo. Pero ello no implica no poder reconocer ni menos no entender la importancia de disputar: existen notables excepciones institucionales que han intentado volver a poner sobre la palestra una iglesia democrática y una práctica igualitaria y liberadora, sumadas a todas las experiencias individuales que aún no encausan de forma orgánica su interés.  Desde el mismo materialismo histórico, no basta sólo con mirar con desdén: es necesario disputar el discurso situado, pues la religión se transforma en la vida misma para muchas personas, y si se plantea el inexorable deseo de luchar en conjunto a los y las explotadas, debemos comprender que en muchas de ellas existe una profunda vinculación espiritual. Omitir a esa población ideológicamente interpelada sería un vicio de la pequeña burbuja intelectual y progresista con falta de inserción en el mundo poblacional. E, incluso, mirar desde el absurdo o ridículo, sería prueba de un lamentable desdén de superioridad: si se denuncia lo expresado en esta columna es porque efectivamente parte importante de nuestra sociedad lo cree sin siquiera cuestionarlo, fruto del consciente abuso de las consecuencias de la desigualdad económica y educacional de nuestro país y continente. No observarlo es renunciar a aquellas personas. No entenderlo es declinar a totalizar la necesidad de lucha. No definirlo es omitir la posibilidad de acercarnos y trabajar en conjunto para liberarnos de todas nuestras propias cadenas. Y hoy, sin duda alguna, hay que disputar desde todos los frentes nuestra propia emancipación.

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